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¿Por qué en bici?
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Nos gusta viajar y llevábamos años buscando experiencias nuevas. No solo lugares sino el modo en enfrentarnos a ellos. Desenvolverte en un tierra desconocida supone un reto, por si mismo, tan satisfactorio como un paisaje o un monumento. Interaccionar con la población, no como el turista que dispara su cámara desde la ventanilla del bus, sino como un turista sigiloso e inesperado que se mezcla entre los habitantes y les sorprende en su día a día. Eso es lo que buscamos.
Los viajes organizados dejaron de interesarnos casi desde el principio. Eramos jóvenes e inexpertos. Después de aquella gran decepción exploramos otras opciones… viajamos en coche, caminando, luego en tren bala, en autocaravana, en moto, en barco, en todoterreno, en canoa y simplemente ocurrió que… un día, no había muchas otras opciones. Solo habíamos subido a una bici, de niños, para aprender, pero llegó el momento de pedalear… ¿Era una locura? No. Era solo una bici y había llegado la hora.
Como éramos principiantes buscamos un viaje accesible y fácil, adecuadamente contrastado por blogueros, páginas de turismo, etc… seguir el curso del Danubio desde Passau hasta Viena. Existe abundante bibliografía, la Guía Esterbauer (esterbauer.com) es muy detallada y teniéndola a mano todo parece muy fácil. Luego, en realidad, no es necesaria. Solo hay que seguir el camino. Internet es una herramienta que pone todo a tu alcance. Aquella semana no dejó de llover y el Danubio se desbordó. Aún así pedaleamos los 250 kilómetros que separan dichas ciudades y nos pareció una experiencia maravillosa.
Mucha gente no puede entenderlo. Tanta fatiga en tus vacaciones. Ni siquiera les apetece subirse a la bici el fin de semana, se quedan en casa viendo la tele o haciendo sus cosas pero… si se aventuraran un poco… es muy fácil: coger a los niños, o a los amigos, o a la pareja, o tu solo, y salir a pedalear… no importa dónde. Empieza en un parque o allá donde te sientas seguro. Un día a la semana. Luego, cuando te sientas más ágil, haces un trayecto más largo, o te aventuras a salir del parque, o sales al campo. Cada vez más distancia, más lejos. Hasta que poco a poco la bici se mete en tu vida.
La bici te aporta algo que va más allá del simple viaje. No solo la paz y tranquilidad que te transmite el río, silencioso y pausado siempre a tu lado, sino la satisfacción que da el logro, el esfuerzo, llegar a un pueblo nuevo cada día por tus propios medios, comer lo que te de la gana porque sabes que lo vas a quemar al día siguiente y, por supuesto, la belleza de los enclaves. La tranquilidad de ir departiendo con los amigos o, simplemente, alejarte y quedar horas sumido en tus propios pensamientos mientras la belleza pasa silenciosa ante tus ojos.
Viajar en bici es diferente. Tiene sus propias normas, sus premios y sus renuncias. No se puede comparar con otros viajes, ni esperar que te aporte lo mismo. Gran parte del día lo pasas pedaleando y ese es un tiempo que no vas a dedicar a visitar los enclaves que las guías llaman imprescindibles. A veces sí, si viajas con mucho tiempo o si programas una fugaz parada para dedicarte a ellos, pero nunca dispones del mismo tiempo que una persona que viaja en coche. Tu visitas otros monumentos distintos. Todo aquello que cruza de pronto ante tus ojos, al doblar una esquina o en el horizonte, a lo lejos. No necesariamente es lo más importante, en el sentido estrictamente turístico. El modo en que transcurre la vida para la gente de esos lugares. Tendrás una visión más realista de los sitios por los que pasas. No es lo más bonito ni está preparado para que tu vayas. Es lo que encuentras. Cambias lo imprescindible por otras cosas distintas, más sencillas y cotidianas, y a veces también sorprendentes.
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