Como cualquiera recuerda su primer/a novio/a… nosotros recordamos nuestro primer viaje en bicicleta. Ese cosquilleo en el estómago despertaba la inquietud de enfrentarte a algo desconocido pero al mismo tiempo la ilusión de cambiar de vida, de mirar más allá ampliando horizontes, de seguir caminando.
El río Danubio, y en especial el tramo que va desde Passau hasta Viena, es el viaje en bicicleta por antonomasia. Accesible para cualquiera, desde principiantes a familias con hijos, grupo de amigos o ancianos con espíritu deportivo. Y es que lo tiene todo: un trazado perfectamente organizado, libre de coches, hermosos paisajes y pintorescos pueblos dedicados a agasajar al ciclista. Tanto es así que cuando nosotros hicimos el viaje, no paró de llover en toda la semana, hasta el punto que el Danubio llegó a desbordarse. Cuando nos levantábamos por la mañana y empezábamos a pedalear, acobardados por el poder de la naturaleza, encontrábamos zonas precintadas donde se señalizaba una ruta alternativa a la que había cubierto el agua. Alguien más madrugador que nosotros se había tomado la molestia de supervisar el camino para facilitar el tránsito de los ciclistas.
Un carril bici de 320 kilómetros que fácilmente se recorre en una semana y que tiene como colofón la monumental ciudad de Viena, con sus valses, sus caballos adiestrados, su Gustav Klimt y sus grandes palacios, al que uno puede dedicar, al final, el tiempo que más le plazca.
Pedaleas un rato, te detienes a contemplar un paisaje o a hacer una foto, te tomas una cerveza o una copa de vino blanco en un pequeño bar que encuentras en el camino, o simplemente pedaleas en silencio hasta que llegas a tu destino. Pero es tan perfecto este viaje que, hasta ese nirvana de armonía y sosiego, tiene su contrapunto. Para revolver el alma y hacer trabajar la conciencia. Para aprender a dar valor a lo que tenemos. El campo de exterminio de Mauthausen está ahí para recordarnos ese monstruo que todos llevamos dentro… y que está vivo. Solo que, rodeado de tanta belleza, permanece dormido.
No hay alegría sin pena, placer sin dolor ni sosiego sin inquietud. Ese es el transcurrir de la vida, pedaleando río abajo, hacia Viena.
LFGP
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