de
Las Palmas

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a
Ho Chi Minh


Cómo son las cosas que, por mucho que hayamos preparado el viaje durante meses, el último día el tiempo se nos echa encima y, como siempre, salimos de casa cabreados y con prisa.
Y eso que empezamos a organizarlo muy temprano, con tranquilidad, pues el avión de Las Palmas a Madrid salía a las 17:30. Una larga mañana para hacer acopio de los enseres que hemos decidido llevar, clasificarlos, meterlos en bolsas de vacío, meter las bolsas en las alforjas, cerrar las alforjas, unirlas espalda con espalda con un elástico, envolver el conjunto en film transparente, hacerles un asa con un trozo de cartón y sujetarlo al conjunto con cinta de embalar. Ese proceso no puede llevar demasiado. Pues eran las 14:40 y todavía nos quedaba almorzar, poner y recoger el friegaplatos, envolver las alforjas en film transparente y todo lo que viene después, ducharnos, vestirnos y salir echando leches.
Después de todas esas prisas conseguimos demorarnos tan solo 10 minutos respecto al horario previsto, lo cual es una proeza considerable. Pero ¿deberíamos sentirnos orgullosos? Ni mucho menos. Salimos de casa con la comida en el gaznate y la sensación de que nos dejamos algo importante. Pero como no son los pasaportes, ni el dinero, ni las tarjetas de crédito… qué demonios… pa lante. Nos subimos al avión y da comienzo nuestra aventura. Adiós papá, adiós mamá. Tengan cuidado. Y ya estamos. Luego nos damos cuenta de que el mal presagio era solo eso: Un pensamiento negativo sin fundamento… pero cómo pica, te nubla la mente y te lleva al borde del divorcio. Sentados en el avión a Madrid nos damos cuenta de que no se nos ha quedado nada… acaso lo contrario: llevamos demasiadas cosas.

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Como el vuelo de Cathay Pacific entre Madrid y Hong Kong salía el sábado a las 12:30 horas, habíamos decidido trasladarnos Madrid un día antes y evitar una conexión imposible la mañana del sábado. El equipo de La Palma y la mitad del de Gran Canaria se ha ido a celebrarlo al centro de la capital: paseo y cenita en una hermosa noche madrileña, mientras nosotros aprovechamos la estancia para ir a visitar a mi suegra. Un acontecimiento que, sin duda, le ha dado un punto exótico al inicio del viaje.
Cathay Pacific parece una compañía seria, asientos amplios, dos comidas, pantalla individual para ver las películas que te venga en gana, una extensa filmoteca. Nada que reprocharles, sin embargo, hemos viajado con la oscura preocupación del visado. Habíamos leído mucho: visado sí… visado no. Y aunque teníamos claro que los ciudadanos españoles con estancias menores a 15 días no lo necesitaban, nos entró una absurda preocupación que ha estado revolviéndonos en nuestras butacas. Si salimos de Vietnam por tierra ¿Cómo vamos a justificar en la puerta de entrada que nuestra estancia es de menor de 15 días? Y es que el que no tiene nada de que preocuparse se lo busca. Un run run que ha estado atormentándonos todo el vuelo y dificulta nuestro sueño a pesar de las pastillas que nos tomamos. Luego, ha ocurrido lo de siempre: no era más que una fantasía siniestra. Ni siquiera nos han preguntado cuánto tiempo vamos a estar… ni nada de nada. Les importa un bledo. Creo que el funcionario ni me ha mirado. Me hace una foto, me toma la huella del dedo y estampa un matasellos sobre mi pasaporte… El siguiente. Entramos como si nada.
Después de recoger el equipaje es como si el aeropuerto te cagara en una ciudad desconocida. Como cuando sueltas un grupo de gallinas de la caja en la que han estado hacinadas durante días. No saben qué hacer ni a dónde dirigirse. En el avión me sentía seguro, rodeado de gente con mis mismos intereses. Y de pronto te ves perdido, rodeado de otra gente distinta. Gente desconocida cuyas caras no están relajadas sino que reflejan otros intereses diametralmente opuestos a los tuyos. Todas tus ilusiones parecen absurdas, banales. Te sientes desnudo. Cartelitos con nombres que no son el tuyo y una nube de intermediarios ofreciendo servicios, generalmente transporte. Unos metros más allá un pequeño mostrador con la foto de un taxi y unas señoritas sonrientes. Nos ofrecen traslado al centro por 20 dólares (6 personas con su equipaje). Son simpáticas y… eso es lo que necesitas cuando acabas de llegar a un país extraño: SIMPATÍA. Sin embargo, no sabes si es mucho o poco. 20 dólares entre 6 no parece demasiado… pero mi esposa me da un codazo, siempre desconfiada, y decidimos tener paciencia y ver qué nos ofrecen más adelante. Puedes regresar si no encuentras nada mejor, me dice por lo bajini. No hay prisa. Pues nada. Ni cinco metros más adelante otro mostrador exactamente igual al anterior y, sin ni siquiera regatear ni decir nada, piden 9 euros por todos. Entonces la miro buscando su aprobación y… silencio. Eso es bueno. Sin embargo ahora me entran las dudas ¿Esto va a ser así todo el viaje? ¿Vamos a tener que desconfiar de la gente simpática todo el tiempo?
Nos traen hasta el centro de Ho Chi Minh sin problemas. El servicio por 20 dólares no puede ser mejor que éste. Y ella con esa mirada de satisfacción que parece que está tres palmos por encima del suelo. Y todos los demás mirando por las ventanillas con los ojos legañosos tras casi 24 horas de viaje, sin perder detalle ni dar una cabezada hasta la tienda de bicicletas. Qué cosas vemos.
Llegamos en veinte minutos. Nuestras bicicletas esperándonos en la acera de Martin 107.

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Bajamos del taxi con nuestras alforjas y nos dirigimos directamente a las bicicletas sin decir nada a nadie, como si tuvieran ya nuestro nombre. Realmente no hay nada que decir. ¿Qué posibilidades hay de que 6 occidentales pasen hoy por la tienda buscando unas bicicletas? Las inspeccionamos y nos parecen adecuadas, justo lo que habíamos visto en la página web. Dedicamos un buen rato a ajustarlas a nuestros cuerpos y nuestros caprichos. Desembalamos y cargamos las alforjas. Un calor alucinante… pero ni me doy cuenta de lo que estoy sudando de lo entretenido que estoy con la llave inglesa. Unos empleados, sin terciar palabra, han estado ayudándonos en el proceso. Pagamos con tarjeta de crédito y pedaleamos hasta e hotel.

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Como la tienda es bastante céntrica y es demasiado temprano para hacer el check in, damos un pequeño rodeo y callejeamos un poco para dar un vistazo al centro de la ciudad. Pobres ingenuos. El jaleo de las calles es… no hay nada en el mundo comparable a eso. Acaso la hora punta en Tokyo. A eso se une el sueño y quizás los nervios… acabamos perdiendonos. No hay un mísero cartel que se entienda, ni una señal del cielo. Nada.

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Así que tenemos que buscar un punto de referencia para saber dónde estamos. Una plaza, un canal, un puente. Por fin lo encontramos, damos una vuelta de 180º en la carretera y torcemos a la derecha en una calle destartalada. No es la nuestra pero se le parece. Tenemos que callejear un poco pero llegamos al hotel sin problemas.

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La entrada al Hotel Chez Mimosa no es exactamente lo que uno espera al llegar a un hotel. Una fachada y una recepción claramente identificables. La calle es muy bulliciosa, con mucha gente y muchos puestos callejeros, por lo que la entrada nos pasa desapercibida al principio.

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Nos tratan con mucha cordialidad y sobre la marcha nos instalamos en nuestras habitaciones. Cabe decir que todo aquí es muy pequeño y las bicicletas ni siquiera caben. Las dejamos aparcadas frente a la puerta y ellos nos aseguran que no hay problema. Estamos cansados y no discutimos. Damos las gracias y subimos a nuestras habitaciones. El hotel es tan estrecho que no tiene ascensor.
Meternos en la cama tan pronto, después de un viaje tan largo, nos parece un error, perpetúa tu antiguo horario. Así que salimos a dar un paseo por el barrio. Las calles en torno al hotel son muy auténticas, están llenas de vida, puestos de comida y ruido; y al rato de callejear un poco nos metemos por los entreverados pasajes que hay entre las casas. Al principio son también bulliciosos pero a medida que profundizas se hace el silencio y la penumbra para mostrarte una vida más resguardada e íntima. Las puertas de las casas abiertas, gente que entra y sale, que vive ahí, que trabaja. La fotografía de un instante en la vida de aquella gente.

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Cenamos en una marisquería muy popular que hay junto al hotel, justo al doblar la esquina. Se llama Quan 33 De Thám. Es un edificio de varias plantas y fachada estrecha, ni siquiera tiene ventanas. Se sube por una empinada escalera. Las salas, de paredes blancas muy iluminadas, son amplias pero humildes. Cuando entramos casi no hay nadie pero se va llenando de gente. Bajamos a elegir el marisco en las peceras que hay en la entrada y luego nos lo preparan en una pequeña barbacoa en la calle. Habíamos elegido el sitio desde casa porque sabíamos que íbamos a estar cansados en una ciudad extraña. Está bien puntuado en Tripadvisor y apenas a 300 metros de nuestro hotel. Para ser nuestra primera cena nos ha resultado cara. ¡3.000.000 de dong! Tres millones parece una barbaridad en cualquier parte del mundo, pero al cambio han sido solo 20 euros por persona. Tomamos arroz con verduras (5 platos), unas espinacas rehogadas, 4 langostas y un pez a la brasa. Y además bebimos ni sé cuántas cervezas.

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Una cena agradable. Cuando regresamos al hotel con el estómago caliente y lleno de marisquito, la calle está desierta. Ni por asomo parece la misma calle que nos recibió siete horas antes. Unicamente queda el olor a pescado y una acera destartalada. Papeles que mueve el viento, algún charco. Un fluorescente que parpadea en el escaparate contiguo. Las bicicletas no están frente a la puerta y ni siquiera preguntamos por ellas. Saludamos, pedimos la llave de nuestras habitaciones y subimos, cada uno a su piso. Solo pensamos en llegar a la cama.

DIA EN HO CHI MINH


¿Ho Chi Minh o Saigón?
Es una buena pregunta pues… dado que los americanos fueron vencidos y que se instauró un régimen comunista comandado por Ho Chi Minh, uno esperaría que éste nombre fuera el que emplean los vietnamitas para referirse a esta gran ciudad. Pues, visto sobre el terreno, no es ni una cosa ni otra. Ambos se usan indistintamente.
En nuestro primer día en Vietnam con nuestras bicicletas compradas, todavía no nos ponemos a pedalear. Tenemos que conocer esta ciudad impresionante. Desayunamos en la azotea del hotel Chez Mimosa, donde con pocos medios y poco espacio nos ofrecen un desayuno muy correcto que incluye Pho o huevos (fritos, revueltos o en tortilla), fruta, zumo y té o café. Luego salimos para la preceptiva visita. La calle del hotel se ha transformado respecto a la de ayer domingo. Casi no se puede caminar para alcanzar el asfalto.

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Hay puestos de pescado que hacen difícil sortear la acera, un espectáculo de color, olor y sonidos que nos deja maravillados. Nos acercamos al banco que hay en la esquina para cambiar algo de dinero y salimos hacia el Ben Than Market, un mercado en una gran nave, coronada con una bonita torre de aspecto racionalista.

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Caminar por una ciudad como ésta ya es una experiencia digna de contar. Las aceras están plagadas de pequeños negocios, coches y motos de baja cilindrada aparcadas en cada uno de sus centímetros cuadrados… a parte de los socabones. No hay forma humana de transitar por ellas. Así que hay que caminar por la calle hasta llegar a la esquina. Entonces intentas cruzar, pero… no te engañes. Casi no hay semáforos, ni pasos de peatón, ni ninguna señal de tráfico ante la que los conductores sientan la necesidad de detenerse. Así que el tráfico resultante es una corriente constante que no da respiro al peatón. No sirve esperar para encontrar un hueco. No va a haberlo nunca. Tienes que armarte de valor y caminar hacia el otro lado. Mejor sin mirar. Luego, cuando llegas al otro lado, no entiendes cómo ha ocurrido. Los cientos de scooter que pasan buscan el hueco, por delante o por detrás de ti, no importa. Lo verdaderamente importante, si quieres salvar la vida, es caminar a una velocidad constante para que puedan prever dónde vas a encontrarte dentro de unos segundos. Así funciona: una situación compleja resuelta de una forma sencilla.

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De cruce en cruce llegamos al Ben Than Market, aún asustados por la novedad, por el ruido, por la sensación de peligro… pero decididos. Nos encantan los mercados, dan una buena idea de cómo se vive en un sitio. Los alimentos que se consumen, las medidas de higiene, los precios. Hay todo tipo de cosas, como puede haberlas en cualquier mercadillo español, pero se accede a ellos a través de una red de pasillos muy estrechos por los que a veces casi no hay sitio. Luego una zona de comidas, con sus fumatas, sus grandes perolos, sus platos indescifrables.

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Salimos por la puerta contraria a la que entramos para llegar por la calle Nguyen Trung Truc hasta el Palacio de la Independencia. Se trata de un gran edificio de estilo racionalista en un gran parque que ocupa toda una manzana. Es muy conocido porque ha protagonizado películas que relatan los últimos días de los Estadounidenses en Vietnam, siendo desde su azotea desde donde despegaron en sus helicópteros el último día. La entrada cuesta 40 VND por persona (algo menos de 2 euros). Hacemos la preceptiva visita. El vestíbulo está atestado de gente. Excursiones de chinos haciendo fotos. Nosotros también hacemos las nuestras y luego salimos y caminamos un par de manzanas hasta el Museo de la Guerra. La entrada también cuesta 40 VND por persona y la verdad es que más allá de los helicópteros, aviones y cañones que los americanos dejaron atrás cuando se fueron, hay tres pisos de fotos cronológicamente ordenadas con pequeños rótulos que van explicando la historia (desde el punto de vista Vietnamita). Y no es que no nos haya gustado tener una versión distinta a esa con que nos han bombardeado los americanos… pero es que muchas fotos son de una crudeza extrema, nos desagrada, pobres turistas incomodados por una realidad tan funesta. Lo visitamos superficialmente y seguimos con nuestro paseo. De nuevo en la calle, un poco más allá se encuentra la catedral. Lógicamente no tiene nada que ver con las nuestras pero es bonita. Está apuntalada en sus laterales y rodeada de un vallado que impide el paso.

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Nos hacemos unas fotos desde la plaza que hay en frente, donde hay una imagen de la Virgen Santa María reina de la Paz. Junto a la catedral está el edificio de correos, diseñado por el afamado Eiffel. Tiene unas columnas de hierro muy bonitas y unos suelos de cerámica preciosos. Aprovechamos para comprar unos sellos para nuestras postales. No sé, somos un poco anticuados, pero mandar un email con una foto no nos parece lo mismo.

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Seguimos caminando un buen rato hasta encontrar la Pagoda de Jade. Nos cuesta un rato encontrarla porque, hemos llegado al límite del mapa que dan a los turistas, y las gentes de la zona no la conocen o no nos entienden. Después de unas cuantas vueltas absurdas en las que pasamos varias veces por el mismo sitio, la encontramos. El edificio es bastante humilde, con unas tejas verdes que debe ser el motivo por el que la llaman de Jade. En el interior tiene unas esculturas y unos retablos labrados de bastante mérito, sin embargo nos llama más la atención el escaso fervor religioso. No hay demasiada gente rezando ni nadie parece conocerla por los alrededores. Una primera impresión sobre el sentir religioso de los vietnamitas que se ha ido consolidando a medida que avanza el viaje.

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Desde La Pagoda de Jade hasta el Ayuntamiento hay un buen trecho, el día se ha encapotado y corre un viento caliente que augura lluvia. Nos lo tomamos con calma. Sabemos que la lluvia es una amenaza que va a estar ahí presente durante todo nuestro camino y, tarde o temprano, tendremos que enfrentarnos a ella.
Paramos a comer en un sitio muy peripuesto y pedimos un Pho y unos rollitos crudos típicos vietnamitas. El lugar da confianza como para pedir verdura cruda. Los rollitos están buenos, nos los sirven con salsa de cacahuete, pero en lugar del Pho nos ponen una ensalada de verduras que nada tiene que ver con la típica sopa de noodels de la que tanto hemos disfrutado en nuestro viaje en moto por Vietnam del Norte. Pero es también una sensación a la que tienes que acostumbrarte cuando vas a un país en el que no se habla tu lengua, ni ninguna que conozcas. Señalas la carta menú con el dedo, y que sea lo que Dios quiera.
Ya es de noche cuando llegamos al Ayuntamiento. Las 17:30 horas. Nos parece un lugar precioso. Está muy bien iluminado y la gran rambla de Nguyen Hue está repleta de gente.

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La flanquean modernos edificios que te quitan el hipo por su tamaño y, los más pequeños, coloniales, por su belleza. Junto al Ayuntamiento algunos hoteles famosos por haber acogido a los periodistas internacionales durante la guerra y el edificio de la ópera, una delicia de lo que a nosotros nos parece que es Art Decó.

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Alcanzamos la orilla del río y regresamos al hotel siguiendo el río Saigon. Llegamos cuando ya pasan de las 7 de la tarde, y te digo una cosa, si ya hemos dicho que cruzar una calle en Ho Chi Minh es una aventura, por la noche, es una aventura en pelotas.
Hemos estado más de 11 horas caminando y, camino al hotel, compramos unas garrafas de agua para mañana pues, visto el calor y el tráfico, sobre la bici promete ser un día largo y duro. Solo la idea de subirnos a la bicicleta ya te da que pensar, y te produce un cosquilleo en la barriga. Quedamos para desayunar a primera hora de la mañana y nos vamos a la cama.


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